Un ­-perdón por la palabra­- artista


Presentado bajo el género de cuentos, “Cómo hacerse hombre”, de José Ioskyn (La Plata, 1962) se lee (o puede leerse también) como una novela, cada cuento o capítulo centrado en una secuencia existencial de los mismos personajes, aunque varíe el punto de vista o la voz narradora.

Por Enrique Butti.

El personaje central de este libro, que acaba de publicar Paradiso, es Vito, que crece en una familia de clase media judía argentina. En el primer cuento, o capítulo, Vito es un estudiante secundario en crisis ante la admonición de su padre: “¡Ey, vos! ¿Cuándo vas a hacerte hombre?”.

La demanda lo impulsa a recluirse en el techo de su casa, dudando si transformarse en bicho, mendigo u “hombre”, duda que en verdad lo perseguirá durante muchos años, hasta las últimas páginas del libro precisamente. En otros capítulos acompañaremos a Vito en sus conflictos amorosos y en sus viajes (al trópico, a París y a Londres), siempre ante el dilema de asumir su “hombría” o unirse a quienes, por ejemplo, han elegido la mendicidad.


Lo acompañan dos mujeres, que en algunos capítulos toman la delantera y ocupan el primer plano. Una es la amada, siempre alejándose de Vito, Eliana, y la otra una amiga-sostén-ángel guardián, Soni. Los tres embarcados en aventuras cotidianas pero desesperadamente raras, peligrosamente neuróticas y a menudo desopilantes.


Hay un cuento, o capítulo, en el que ese humor estalla como en un “slapstick”, aquellos cortometrajes cómicos mudos cuyos gags no daban respiro al espectador. La irascible enamorada regala a Vito un cuadro, recalcando su valor y que se trata de la gran y única herencia que ha recibido de su padre. El pintor, en efecto, es famoso, aunque Mercado Libre le informa a Vito (en este capítulo, narrador) que su cotización es muy menor a la declarada por Eliana. A Vito la pintura le parece horrible, la esconde enseguida y aun así, el esperpento sigue “irradiando vibraciones muy bajas y oscuras”. Desde luego no puede devolverlo porque Eliana lo tomaría como un desprecio, de manera que se aferra al adefesio como a una preciada posesión. Ella lo visita todos los días para ver en dónde ha decidido colgarlo. Pero el cuadro es cada vez más horrible; sus defectos aumentan a cada hora, parece imposible que un objeto se modifique de tal manera. También los reclamos de la regaladora aumentan: ¿por qué no exhibe el tesoro? Y este es el inicio de un espiral de bufonadas que terminan con la pintura arrastrada bajo una tormenta, el marco roto, despintándose, “una metáfora sin un significado explícito”.


“¿Sabés qué es ser un hombre? No es trabajar, ni tener mujeres, ni ganar plata. Es hacer lo que se quiere cuando se quiere”, sentencia el padre, simpático, gentil. Como si esa apropiación fuese fácil. Hasta casi el final del libro el fantasma de ese padre perseguirá a Vito, como desde el cielo la “idishe mame” persigue a Woody Allen, o como la tiranía del padre a Kafka (aunque, como apunta Carlos Correas, el enjuiciamiento de Franz a su padre no es más que “un recurso para la lucha, la lucha que todo hijo se merece”).


Hay hacia el final un capítulo (o cuento, si quieren) aparentemente traído de los pelos, acerca del cantante Jeff Buckley en su interpretación de “Vino de lilas” en un festival de 1995 en Chicago, con “el pecho inflamado por las velas que ardían y se derretían dentro de su cuerpo”, ese ardor que dos años más tarde lo llevaron a meterse en el río Wolf, en Memphis, cantando con la guitarra “Un montón de amor”, de Led Zeppelin, vestido y con sus botas, hasta desaparecer bajo los aguas para apagar esas llamas y velas en su pecho, “cien velas ardiendo en mil iglesias”. La razón y fuerza de este capítulo estriba en asentarse como una suerte de “ars poetica”, en la que se restablece que un artista es un mago incomprensible; que un verdadero artista vende algo bizarro no conocido antes, y que el “vino de lilas” que embriaga a todo gran artista no es broma porque hace visible “lo que se quiere ver y ser lo que se quiere ser”. Tan raro es ese fenómeno que juega y hechiza con sus creaciones, tan diferente a la catarata de necedades prestigiadas por industrias culturales y academias, que antes de nombrar a ese mago hay que pedir perdón, y habría que decir: “un ­perdón por la palabra­ artista”.

Porque en verdad no es fácil de encontrar un ­perdón por la palabra­ artista. Nada fácil. Pero aquí tienen uno, José Ioskyn.

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