¡Viva el rey, Bobby Fischer!


Por Nadir Dib. dibnadir@hotmail.com

Robert James Fischer nació un 9 de marzo de 1943 en la ciudad de Chicago (Estados Unidos) hijo de una enfermera suiza con una extrema facilidad para hablar diferentes idiomas, y de un físico-matemático búlgaro que años más tarde se conocería como uno de los creadores de la primera bomba nuclear, al cual Bobby nunca llegó a conocer.

La vida de Bobby estuvo repleta de contrastes, pero quién puede discutir a este prodigio como uno de los más destacados íconos del ajedrez mundial.

A sus jóvenes 12 años se le realiza un test de intelecto, que arroja un resultado estremecedor, superando en capacidad al físico Albert Einstein. Este hecho puso en evidencia que estaban frente a un verdadero genio, el cual rechazaba la educación formal y decía que era una verdadera pérdida de tiempo, sentenciando «Nada te enseñan en una escuela».

Regina, su madre, estaba sola con él y su hermana Joanna, (6 años mayor) con todas las connotaciones que tenía ser madre soltera en los años 40 en la sociedad americana, pasando por cuantos trabajos informales a uno se le pudiera ocurrir, así que la mayor parte de su crianza fue inculcada por su hermana, quien le regala su primer juego de ajedrez a sus prematuros 6 años, juego del que jamás se desprendería, hasta convertirse en el que fue su verdadero objetivo, ser campeón del mundo.

Fue campeón de los Estados Unidos y el Gran Maestro de ajedrez más joven de la historia (hasta ese momento) con tan solo 15 años, alguien una vez dijo que él podía arrojar las piezas de ajedrez al aire y también caerían en el lugar indicado, trazando un paralelismo de manera metafórica con la impresionante facilidad que desplegaba en el juego ciencia.

A sus 17 años es abandonado por su madre en un departamento en Brooklyn, lo cual terminó de forjar su verdadero temperamento para convertirse en el primer campeón del mundo estadounidense, algo para nada sencillo, teniendo que enfrentarse a lo que sería la potencia más grande de la historia del ajedrez, la Unión Soviética.

Su primera visita a nuestro país fue en el año 1959 para jugar lo que sería el tradicional Abierto de Mar del Plata, según cuentan, era un adolescente que acudía a jugar en jeans y zapatillas, y con un aspecto bastante desaliñado. Se menciona que en tal ocasión quiso entrar al casino y no se lo permitieron por no vestir traje, casualmente se encontró a nuestro incansable don Miguel Najdorf (ajedrecista polaco nacionalizado argentino) y le prestó el suyo para que le permitieran el ingreso, diciéndole «tomá nene, yo tengo 25 de estos…».

La estética fue uno de los aspectos que fue cambiando en Fischer, volviéndose extremadamente formal en su vestimenta. Se cuenta que un año más tarde lo volvió a encontrar en un aeropuerto al gran Miguel Najdorf, Bobby y le recordó «¿se acuerda maestro cuando me prestó su traje? Bueno, hoy tengo 26 de estos, hasta en eso lo superé».

Su camino en los años anteriores a disputarse el match por el campeonato del mundo fue realmente arrollador, ganando prácticamente todos los torneos, destrozando a sus rivales, con un ajedrez creativo, técnico, un verdadero artista del tablero.

Ya en ese entonces el sistema para disputar el título del mundo era por sistema de match, dos rivales se enfrentaban en determinadas partidas hasta que haya un vencedor.

Bobby en este aspecto era letal en el mano a mano. La primera de sus víctimas fue el ruso Mark Taimanov, destacado ajedrecista y pianista por ese entonces, le propino un 6 a 0 rutilante. La segunda de sus víctimas fue el siempre recordado danés Bent Larsen, barriéndolo del tablero con idéntico resultado que su anterior rival, y de esta forma accedía a disputar las semifinales con el ex campeón del mundo Tigran Petrosian, contienda que se disputaría a fines de 1971 en el teatro San Martín de Buenos Aires.

Si bien este match fue más disputado, en la mitad del transcurso hubo un quiebre y Fischer ganó 4 partidas seguidas y con ello el derecho a disputar la que sería la final por el campeonato del mundo frente a su archirrival, el ruso Boris Spasski.

La negociación para disputar lo que sería El Match del Siglo, como se hizo llamar por aquel entonces, fue bastante discutida, hasta que finalmente el mejor postor fue Reikiavik, la capital de Islandia, con fecha el 2 de julio de 1972. Estaba todo preparado, Bobby Fischer contra Boris Spasski, un ruso contra un norteamericano, en plena Guerra Fría. Esto era mucho más que dos tipos que disputaban una partida de ajedrez, eran dos naciones que estaban en veredas totalmente opuestas: el capitalismo contra el socialismo, se disputaban quién obtenía más medallas en los Juegos Olímpicos, quién lograba llevar el primer hombre a la Luna, quién era superpotencia… todos estos aspectos volcados a una batalla intelectual sobre un tablero de ajedrez.

Tras infinidades de idas y vueltas e incansables peticiones del norteamericano finalmente estuvieron frente a frente. La primera de las partidas quedó en manos del ruso, con un error casi infantil del estadounidense, la segunda, Fischer no se presentó y perdió por incomparecencia, alegando que le molestaban las cámaras, que la gente estaba muy cerca y los podía escuchar respirar e infinidades de cosas más. Fue ahí cuando se produjo el famoso llamado del por entonces secretario de Estado Henry Kissinger diciéndole a Bobby, «este es el peor jugador del mundo, llamando al mejor jugador del mundo», frase que ha quedado para la historia, incitándole a que debía disputar el match, y de la importancia que el mismo tenia para su país.

De ahí en adelante, fue todo un monólogo de Fischer, ganando de manera soberbia, arrojando un resultado final de 12,5 a 8,5, coronándose finalmente campeón del mundo el 1° de septiembre de 1972, rompiendo una hegemonía histórica de los soviéticos desde 1948.

A partir de ese momento, el joven prodigio de Brooklyn desapareció por completo, perdiendo el título al no presentarse en 1975 con Karpov, refugiándose en su soledad y en su silencio. Su ausencia nos dolió a todos los que amamos este maravilloso juego, aunque luego haya tenido algunas apariciones públicas, se lo veía totalmente descuidado.

Sus últimos años de vida fueron casualmente en la ciudad donde se coronó campeón del mundo, que le brindó asilo, donde según palabras suyas encontró el cariño y la paz que siempre estuvo buscando.

Hoy a 12 años de su muerte, lo recordamos. Nos queda tu ajedrez, tus anécdotas, tu lucha, tu perseverancia y tenacidad, ¡Que viva el genio! ¡Que viva Bobby Fischer!

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